Joaquín Costa y Martínez

Joaquín Costa y Martínez

(Monzón, Huesca, 1846 - Graus, Huesca, 1911)

En 1846 nace Joaquín Costa en la calle Mayor de Monzón, en el seno de una familia campesina con raíces ribagorzanas. El campo será el primer libro donde leerá Joaquín y su padre, su primer modelo de honradez y sabiduría popular.
La necesidad les hizo volver sobre sus pasos y la familia Costa se instala en Graus. Allí, Joaquín trabaja duro en la tierra, y conoce por su padre los usos y costumbres que rigen legalmente la sociedad tradicional. Pero también lee todo cuanto cae en sus manos, pierde horas de sueño, come deprisa y dedica su poco tiempo libre a esa gran pasión que no abandonará a lo largo de su vida: la lectura: El campesino se va forrando de intelectual.
Desde los veinte años sufre una atrofia progresiva que le lleva al deterioro físico de forma lenta e inexorable.
Siendo aún joven llega a Huesca donde realiza trabajos relacionados con la construcción. Una beca de la Diputación le permite viajar a París para conocer la Exposición Internacional de 1867 y dar cuenta a la institución provincial. El viaje será provechoso. Las verdes campiñas francesas se contrastan en su mente con las sedientas tierras ocres donde clavaba la azada. Hasta un dibujo de un velocípedo dicen que le trajo al pionero Gregorio Campaña (Huesca, 1870-Barcelona, 1936), que construyó el primer modelo español.
Estudió en Madrid con aprovechamiento las carreras de Derecho y Filosofía y Letras. Su sed de conocimientos le lleva a las doctrinas krausistas, siendo ateo y republicano. Desde los inicios se alinea con las tesis pedagógicas y liberales de la Institución Libre de Enseñanza en la que colabora asiduamente, fructificando ideas y experiencias en Escuela y despensa. En el Ateneo madrileño realiza una encuesta sobre el funcionamiento político de la España monárquica y bipartidista: el resultado será su obra Oligarquía y caciquismo (1901-1902).
Pronuncia discursos que levantan a las masas, los artículos donde vierte sus opiniones gozan de prestigio y un sinnúmero de lectores y seguidores incondicionales. Reclamado para las filas republicanas es elegido diputado a Cortes por el Partido Republicano, pero sus correligionarios caen en el posibilismo que facilita el pesebrismo político y opta por renunciar y no ocupar su escaño. El «León», el «Grande Hombre», se retira a Graus. Nadie le olvida, pero la enfermedad y la derrota forman parte de su periplo vital.
En 1911 muere y su muerte será manipulada por el gobierno de turno. Se pide que sea enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres, en Madrid. Una gran concentración republicana se va a reunir en la capital del Estado para rendirle el último homenaje. Pero las previsiones de participación popular se disparan, el Gobierno de Canalejas no puede quedar indemne ante tamaña manifestación. Los oligarcas de Madrid, a través del gobernador, se ponen en contacto con los caciques locales: Costa no debe salir de Aragón.
Agitadores del propio ámbito gubernamental mueven a los aragoneses para que Costa no deje Aragón. La llama prende y el pueblo, ignorante como siempre de lo que ocurre, reclama sus despojos que se quedarán en Zaragoza. El Gobierno, ocultando su satisfacción, «aceptó la incontestable presión popular».
Había muerto el mejor observador, crítico y político de la España decimonónica. Su obra seguiría entre nosotros instigando a un grupo de escritores a constituir «la guerrilla antifascista» (Alaiz): Samblancat, Alaiz, Acín, Bel y Maurín. Esta generación de brillantes personajes de la cultura fue evolucionando desde el republicanismo costista o el comunismo intelectual, al anarquismo, en el que casi todos militaron hasta sus últimos consecuencias. La semilla de Costa dio, da y dará muchos frutos, pero pocos tan sabrosos como el pensamiento y la acción de estos compatriotas que lucharon contra la oligarquía, por el pan, la escuela, el trabajo y la dignidad humana amasada en Cultura.
La obra de Costa es extraordinaria en volumen y densa en contenido doctrinal y social. Publicó artículos periodísticos, fue aclamado conferenciante y no menos brillante discursista, además de autor de casi medio centenar de obras entre las que predomina el ensayo filosófico, jurídico y literario: Reforma de la fe pública (1897), Colectivismo agrario en España (1898), Reconstitución y europeización de España, programa para un partido nacional (1900), Economía popular de España y Derecho consuetudinario (1902), etc.